La historia detrás de Palacio Alcorta

Hay edificios que se habitan y edificios que se viven. Palacio Alcorta pertenece al segundo grupo. Y para entenderlo hay que retroceder casi un siglo, a una Buenos Aires que pensaba en grande.
El arquitecto
Mario Palanti no era un arquitecto convencional. Nacido en Milán en 1885, llegó a Buenos Aires en 1909 y encontró una ciudad que estaba construyendo su identidad ladrillo a ladrillo. Palanti no se adaptó al paisaje: lo desafió. Su obra más conocida, el Palacio Barolo sobre Avenida de Mayo, fue durante años el edificio más alto de Sudamérica. Su gemelo, el Palacio Salvo en Montevideo, compitió por ese título al otro lado del Río de la Plata. Palanti pensaba en escala monumental, en edificios que no solo cumplieran una función sino que hicieran una declaración.
Palacio Alcorta es parte de ese linaje. No tiene la altura del Barolo ni la fama del Salvo, pero tiene algo que ninguno de los dos ofrece: se puede habitar.
El encargo
En 1928, Chrysler le encargó a Palanti el diseño de su concesionario oficial en Buenos Aires. El dato solo ya es extraordinario: una marca americana eligiendo a un arquitecto italiano, en una ciudad sudamericana, para construir algo que no existía en ningún otro lugar del mundo. Pero lo que Palanti diseñó fue más extraordinario todavía.
El edificio no era un simple salón de exhibición. Palanti concibió una pista de pruebas en la terraza del edificio, donde los compradores podían testear sus autos nuevos antes de bajarlos a la calle. Una pista de autos en un techo. En 1928. La idea suena improbable hoy; en su momento fue una declaración de modernidad absoluta, coherente con una Buenos Aires que competía codo a codo con París, Nueva York y Londres en ambición urbanística.
El edificio se levantó sobre el corredor de Figueroa Alcorta, una avenida que ya entonces se perfilaba como uno de los ejes más importantes de la ciudad. La ubicación no fue casual: Palanti entendía que un edificio de este calibre necesitaba una dirección a la altura.



El edificio hoy
Casi un siglo después, Palacio Alcorta sigue en pie con una dignidad que pocos edificios porteños pueden reclamar. La función cambió —ya no se venden autos— pero la estructura, las proporciones y el carácter del edificio se mantienen intactos. Con el tiempo, el Palacio se convirtió en una de las direcciones residenciales más prestigiosas de Buenos Aires, en una zona donde conviven embajadas, parques y una tranquilidad que el centro de la ciudad no ofrece.
Lo que hace especial a este edificio no es solo su fachada o su dirección. Es la capa de historia que se siente al cruzar la puerta. Los techos altos, la escala de los espacios, los detalles constructivos de una época donde se construía para durar generaciones. Es un tipo de calidad que no se fabrica hoy, no por falta de tecnología, sino por falta de intención.
La experiencia BT Homes
Hospedarse en Palacio Alcorta a través de BT Homes no es un alquiler temporal. Es la posibilidad de habitar un fragmento de la historia de Buenos Aires con un nivel de servicio diseñado para estar a la altura del edificio.
BT Homes opera una de las pocas propiedades en Argentina con certificación Airbnb Luxe, el sello que Airbnb reserva para su segmento más exclusivo a escala global. Para obtenerlo, Airbnb evalúa más de 300 criterios que van desde la calidad del diseño interior hasta los protocolos de atención al huésped. Que ese sello esté en este edificio no es casualidad. Es la convergencia de dos estándares de excelencia: uno que tiene casi cien años y otro que representa lo mejor de la hospitalidad contemporánea.
Cada estadía en Palacio Alcorta incluye todo lo que un viajero de este nivel espera —check-in personalizado, atención permanente, espacios impecables— pero también algo que no se puede replicar en ningún hotel de la ciudad: la experiencia de vivir en un edificio que fue pensado para ser excepcional desde el primer día.
Buenos Aires tiene miles de departamentos en alquiler temporal. Historias como esta, una sola.




